Por Mónica Lenoci

El término “cultura de seguridad” comenzó a utilizarse masivamente luego del desastre nuclear de Chernóbil en 1988. Desde entonces, el concepto ha sido adoptado por numerosas industrias para mejorar su seguridad, sobre todo por aquellas de alto riesgo que requieren de una extrema confiabilidad, como la aviación y la energía atómica. 

En estas industrias, la seguridad es la prioridad número uno, aún a expensas de la producción o la eficiencia. El sector salud comenzó a poner foco sobre este tipo de cultura a partir del hito que marcó la publicación del informe “Errar es Humano” del Institute of Medicine en 1991. 

Desde esa fecha hasta la actualidad se ha venido trabajando a nivel mundial en fomentar la seguridad del paciente. Sin embargo, representa un desafío importante llevar adelante acciones para el fortalecimiento de la cultura de seguridad de los pacientes en el sistema de salud de Argentina. Si bien existe una considerable variación en el uso de términos y definiciones de este concepto, una de las definiciones de cultura de seguridad más aceptada por el sector salud es la siguiente: “El producto de valores, actitudes, competencias y patrones de conducta individuales y grupales que determinan el compromiso con la adecuada ejecución de los programas de seguridad de la organización.”

A pesar de no haber un acuerdo absoluto acerca de lo que constituye una cultura de seguridad efectiva, existen ciertos componentes que resultan claves para su desarrollo: El reconocimiento de que existen daños a los pacientes generados por el cuidado de la salud.  

El convencimiento de que dichos eventos y daños pueden evitarse mejorando el sistema de atención y sus procesos.  La construcción de un ambiente no punitivo en donde los individuos se sientan libres para reportar errores, accidentes o problemas de seguridad sin temor a represalias.  El fortalecimiento del trabajo en equipo mediante la colaboración entre distintos rangos y disciplinas en la búsqueda de soluciones a problemas de seguridad del paciente. 

La promoción de mayor participación de los pacientes y sus familias.  La valoración de la seguridad de los pacientes como la principal prioridad.  El compromiso de los líderes con la seguridad. Asignación de recursos con tiempo protegido para dichas tareas.  Valoración del aprendizaje organizacional, focalizando las mejoras en el sistema, más que en aprendizajes individuales.