Por: Mónica Lenoci

Durante mucho tiempo, la salud fue pensada casi exclusivamente como un asunto médico: una enfermedad, un diagnóstico y un tratamiento. Sin embargo, esta mirada resulta insuficiente frente a realidades sociales complejas y desiguales. Desde la antropología de la salud, el investigador argentino Eduardo Menéndez propone cambiar el foco y entender la salud como un proceso social profundo.

Según Menéndez, nos enfermamos no solo por causas biológicas; las condiciones de vida, el trabajo, el acceso a derechos, la alimentación, el género y la desigualdad social influyen de manera directa en los procesos de salud-enfermedad. Reducir la atención sanitaria al consultorio y al medicamento implica, entonces, dejar fuera una parte central del problema.

El autor cuestiona el Modelo Médico Hegemónico, centrado en la figura del profesional de la salud y en relaciones verticales con los pacientes. En este esquema, las personas suelen ocupar un rol pasivo, mientras que sus saberes, experiencias y prácticas cotidianas de cuidado son desvalorizados o, directamente, ignorados. Para Menéndez, este modelo no solo limita la efectividad de las políticas sanitarias, sino que también profundiza la distancia entre las instituciones y la comunidad.

Pensar la salud desde una perspectiva comunitaria implica reconocer que las personas no son meras receptoras de atención, sino sujetos activos que construyen estrategias para cuidarse y acompañarse. En los territorios, en las familias y en las organizaciones sociales se desarrollan redes de apoyo, saberes populares y prácticas solidarias que forman parte esencial del cuidado.

En esta línea, desde el Observatorio de Pacientes venimos promoviendo la necesidad de «pensar la salud»; es decir, reflexionar colectivamente sobre cómo se producen los procesos de salud y enfermedad, quiénes toman las decisiones y qué lugar ocupan las personas en ellos. Pensar la salud es cuestionar miradas reduccionistas, abrir espacios de diálogo y fortalecer la participación comunitaria como eje central del cuidado.

La salud comunitaria no se limita a programas aislados ni a intervenciones asistencialistas. Requiere de participación real, corresponsabilidad colectiva y articulación entre los saberes profesionales y los comunitarios. Supone escuchar a la comunidad, involucrarla en la identificación de problemas y en la construcción de soluciones, fortaleciendo los lazos sociales como una herramienta fundamental para el bienestar.

La salud no se impone: se construye con la comunidad.